El "experimento Ormuz".
Tenemos una crisis casi existencial como consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz. Las últimas cifras dan un corte de producción de petróleo entre 13 y 14 millones de b/d. Es una barbaridad que se está intentando aplacar con las reservas estratégicas y los inventarios comerciales, aparte de la principal derivada que consiste en una disminución de 4 millones de b/d en la demanda de petróleo.
Birol está anunciando la peor crisis energética de la historia y además advierte que nada volverá a ser igual, después de este episodio.
“La crisis energética desatada por la guerra de Irán, con el cierre del estrecho de Ormuz, llevará a los gobiernos a revisar sus estrategias de seguridad del suministro, reduciendo su dependencia de los combustibles fósiles y apostando de manera decidida por las energías renovables, lo que afectará a los mercados petroleros, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE).
“El jarrón está roto, el daño está hecho; será muy difícil recomponerlo”, ha asegurado el director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol, en declaraciones a ‘The Guardian’, recogidas por Europa Press, donde advierte de esto tendrá “consecuencias permanentes” para los mercados energéticos mundiales durante los próximos años.
En este sentido, el directivo turco anticipa que, como consecuencia de la crisis actual, se modificará la percepción del riesgo y la fiabilidad del suministro y los gobiernos “revisarán sus estrategias energéticas”.”
Es decir, no se ha planificado una interrupción como la que estamos sufriendo, pero vamos a aprovechar esta crisis para reestructurar todo el sistema energético mundial. Se van a acelerar los planes para avanzar en la transición energética, se va a mejorar la eficiencia, se van a estudiar medidas para reducir el consumo de petróleo y todo va a suponer un cambio similar al ejecutado en la crisis de los años 70.
“De este modo, espera que habrá un impulso significativo a las energías renovables y la energía nuclear, y una mayor transición hacia un futuro más electrificado. "Esto afectará a los principales mercados de petróleo", ha avisado.”
Es muy posible que como consecuencia de esta crisis, el consumo mundial de gasolina, keroseno y diésel caiga en picado en los próximos años. El mundo no se puede parar si se cierra un delgado estrecho geográfico, ni tampoco si la producción de petróleo empieza a caer por disminución de las reservas mundiales. “Hay que dejar el petróleo antes de que nos deje a nosotros”, es el mantra que hemos oído repetidas veces.
Todo muy bonito, pero el petróleo y los combustibles fósiles son la química del sistema. No solo son fundamentales para el transporte, también se utilizan para obtener lubricantes, pinturas, neumáticos, asfalto, medicamentos, plásticos, fertilizantes y cientos de productos en los que los fósiles son insustituibles. Ya he comentado que las refinerías procesan el petróleo y por cada barril se consiguen cantidades similares de esos derivados.
No es factible reconducir el proceso y eliminar la gasolina o el keroseno y obtener más nafta para los plásticos por ejemplo, por lo que a pesar de toda la electrificación del transporte, el mundo seguirá necesitando los 100 millones de b/d para lograr esos derivados básicos para producir cientos de elementos vitales para la economía moderna.
Si por ejemplo, reducimos la extracción de petróleo-gas a la mitad, puede que la producción de gasolina no sea ya necesaria por la electrificación de los coches, el keroseno se use menos por la disminución de los viajes y el diésel se reduzca por la electrificación de los camiones pesados, pero es imposible reducir ciertos derivados como plásticos, asfalto, etc., por lo que también produciremos la mitad de asfalto, lubricantes, plásticos, etc., que no tienen un sustituto natural y siguen siendo imprescindibles.
Cuando hablamos de “transición energética”, solemos centrarnos en el petróleo como combustible, pero olvidamos el petróleo como materia prima (feedstock). La electrificación de la sociedad es una solución parcial que ataca la quema de hidrocarburos, pero deja huérfana a la industria química.
La electrificación no elimina nuestra dependencia del crudo:
1. El petróleo es “Hardware”, la electricidad es “Software”
Un coche eléctrico es el software (la energía que lo mueve). El hardware (el chasis ligero de compuestos plásticos, los neumáticos, el aislamiento de los cables, el salpicadero, las resinas de la batería) sigue siendo petróleo sólido.
Sin el petróleo, podríamos tener electricidad para cargar un Tesla, pero no tendríamos neumáticos nuevos cuando los actuales se gasten, ni resinas para reparar su carrocería.
2. El problema de la densidad química
Para fabricar productos como medicamentos, fertilizantes o lubricantes de alta temperatura, necesitamos cadenas complejas de carbono e hidrógeno que la naturaleza almacenó en el petróleo durante millones de años.
Lubricantes: No existe una forma eficiente de “electrificar” la lubricación. Si un rodamiento industrial no tiene aceite derivado del petróleo, se funde por la fricción, aunque la energía que lo mueva sea solar.
Medicina: Casi todos los sintéticos avanzados, desde las válvulas cardíacas hasta los reactivos de laboratorio, dependen de la petroquímica.
3. La infraestructura es también petróleo.
Incluso para construir paneles solares y turbinas eólicas, necesitamos petróleo:
Palas de aerogeneradores: Hechas de resinas epóxicas y fibra de vidrio (petróleo).
Aislamiento de red: Los miles de kilómetros de cables de cobre necesitan recubrimientos de polímeros para no cortocircuitar.
Logística: Los barcos que transportan estos componentes consumen fueloil pesado.
Eliminar los fósiles tiene un problema adicional. La mayor parte del azufre se obtiene de la desulfuración del gas-petróleo.
Alternativas. (El reto de la escala)
Existen alternativas, pero ninguna puede absorber una pérdida de 14 millones de b/d a corto plazo:
Bioplásticos: Requieren enormes extensiones de tierra agrícola (que hoy usamos para comer).
Reciclaje Químico: Está en pañales y consume muchísima energía.
Captura de Carbono (Sintéticos): Podríamos fabricar “petróleo sintético” usando CO2 y H2, pero el coste energético y económico es actualmente prohibitivo.
Conclusión: El riesgo de “desvestir a un santo”.
Si el Estrecho de Ormuz se cierra de forma permanente o reducimos la producción de petróleo sistemáticamente, la electrificación ayudaría a que las ciudades no se apaguen y los trenes sigan moviéndose. Sin embargo, la sociedad material colapsaría. Si rebalanceamos el sistema energético para usar menos petróleo, no podemos evitar la pérdida de componentes químicos básicos.
Pasaríamos de una crisis de “movilidad” a una crisis de “existencia material”: tendríamos luz en casa, pero no tendríamos cepillos de dientes, aislantes para las paredes, asfalto para las calles ni envases esterilizados para la comida.
La electrificación elimina el humo del tubo de escape, pero no sustituye la versatilidad del átomo de carbono que nos da el petróleo.
El intento es loable pero no es válido para conseguir eliminar la dependencia de los fósiles. No obstante, vamos a asistir a un vendaval de medidas extraordinarias para transformar el sistema, mientras seguimos con la pretensión de mantener el crecimiento a toda costa, como si eliminando los combustibles fósiles y electrificando el transporte, fuera suficiente.
Así, el episodio del cierre de Ormuz va a ser utilizado (experimento Ormuz) como justificación para defender la necesidad de una rápida eliminación de nuestra dependencia del petróleo-gas. Ignorar la complejidad del sistema, no nos permitirá eludir la imposibilidad de combinar crecimiento perpetuo con simplificación de los procesos y reducción de las cadenas de suministro.


Lectura fin de semana.
Ciclos civilizatorios. Desde la Teoría de Deulofeu a la cliodinámica de Turchin. Determinismo o capacidad de cambio.
https://esdepolitologos.com/el-futuro-llego-hace-rato-historia-matematica-y-destinos/
Está claro lo que viene en los próximos años.
https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2026-04-25/la-guerra-de-trump-acelera-el-ocaso-de-la-era-fosil.html
En marzo, con la brutal escalada en el precio de los hidrocarburos ―especialmente aguda en el caso del diésel―, las ventas de coches eléctricos se han disparado algo más del 50% interanual en el Viejo Continente. El dato no solo confirma la ruptura de resistencias e inercias que, en condiciones normales, tardan años en quebrarse. También que, cuando los conductores sienten la dentellada en su propio bolsillo, la transición se acelera. Pero evidencia también lo que muchos señalan como un error histórico, cometido por los Veintisiete ―caprichos del destino― solo un par de meses antes de la guerra en Oriente Medio, cuando Bruselas confirmaba un secreto a voces y cedía a las presiones del poderoso sector automotriz europeo y postergaba el fin del coche de combustión hasta más allá de 2035.
“En los últimos meses se han mandado dos mensajes muy equivocados: la postergación de los objetivos del coche eléctrico en la UE y el levantamiento, en Alemania, de la obligatoriedad de que las calderas dejasen de ser de gas para ser solo eléctricas”, recuerda Fresco. “No se ha hecho autocrítica y, a la luz de los hechos, deberíamos”.
Ember considera que, con la tecnología actual, según un informe de mediados de marzo, ya es perfectamente factible electrificar las tres cuartas partes del consumo energético agregado mundial. También las tres cuartas partes de la población mundial vive en países que son importadores netos de combustibles fósiles, donde los réditos, tanto económicos como en términos de soberanía e independencia, serían enormes.
“La clave de todo es la electrificación”, sentencia Daniel Pérez, autor de La superpotencia renovable (Arpa Editores, 2023). “Solo hay que mirar a China: si no tienes petróleo, tienes que aprovechar la electricidad renovable que sí tienes. La única forma de dejar de consumir o de consumir menos gas y petróleo es electrificarse. Con coches y autobuses eléctricos y con sistemas de aerotermia en hogares y empresas, sí, pero también en la industria”.