El final de la era de la abundancia.
“Reflexionando en voz alta”.
A la gente normal le cuesta entender por qué tenemos que decrecer. Esos malditos malthusianos que se han equivocado todas las veces que han pronosticado el cenit de la civilización, no comprenden que el ingenio humano genera nueva tecnología que nos permite seguir la senda de crecimiento como si nada.
En realidad hemos “sufrido” una evolución natural en casi todos los aspectos de definen una civilización. Hemos combinado el agotamiento de los recursos, con un sistema excesivamente endeudado. También hemos avanzado en la culminación de un sistema muy complejo, donde las cadenas de suministro se han alargado tanto que su mantenimiento es muy costoso y difícil, al tiempo que para avanzar, hemos necesitado perfeccionar esas cadenas, concentrando los centros de procesamiento en solo unos pocos gigantes, que a su vez dependen del suministro proporcionado por pequeñas fabricas dispersas por los cinco continentes. Cuanto el agotamiento de las materias primas se ha vuelto demasiado evidente, la geopolítica (y su proyección en forma de lucha por los recursos) ha entrado en escena, configurando un cuadro dantesco.
Será mejor explicarlo despacio, punto por punto.
Agotamiento de los recursos.
En economía clásica, la disposición de materias primas está determinada por el equilibrio entre la oferta y la demanda. Cuando baja la oferta o sube la demanda y se crea un desequilibrio (sea abundancia o escasez) el mercado es capaz de regular ese balance mediante el ajuste vía precios. Si hay escasez, sube el precio , se fomenta la inversión en nuevas reservas y se reduce la demanda porque no todo el mundo puede pagar el nuevo precio, hasta alcanzar de nuevo el equilibrio. Por el contrario, si hay abundancia, baja el precio, las inversiones se vuelven no rentables y disminuyen, mientras la demanda aumenta, porque más personas tienen acceso a bienes baratos.
Aquí la geología no pinta nada. Esto ha sido cierto mientras vivíamos en la época de la abundancia, pero ya no es así.
En la historia de la humanidad nunca hemos progresado tanto y tan deprisa como desde que comenzó la era de los combustibles fósiles. La densidad de energía que proporcionan estos productos es muy superior a lo conocido anteriormente. La biomasa (madera) era el combustible habitual, pero no permitía el progreso rápido.
En cuanto el transporte y las máquinas conocieron los fósiles, el trabajo humano y animal casi desapareció, porque estas máquinas eran capaces de hacer el trabajo de cientos de hombres. La mecanización de la agricultura, liberó el trabajo en el campo, y millones de personas tuvieron mucho tiempo libre para pensar y crear nuevas tecnologías. Ese progreso espectacular, se cimentó en la abundancia de petróleo sobre todo a lo largo del siglo XX.
Al principio, el petróleo era muy abundante. Se perforaban unos cuantos metros bajo tierra y surgía con una potencia avasalladora. El margen era muy generoso y con pequeñas inversiones se conseguían grandes fortunas, incluso estando el precio del petróleo muy, muy bajo.
La facilidad de extracción, el bajo precio, la alta densidad energética, permitieron avances en todos los sectores. Minería, agricultura, transporte por carretera, barcos, aviones, obras públicas, todo era susceptible de mejorar con rapidez.
Después de muchos años de fácil extracción, llegó un momento en que había que perforar más profundamente para conseguir ese petróleo. Costaba un poco más, pero era todavía muy rentable.
Pocos años después, también costaba encontrar grandes cantidades de petróleo en tierra, mientras el consumo se había disparado tras la II Guerra Mundial. El crecimiento era explosivo y la demanda de petróleo se multiplicó en poco tiempo. Puesto que no había forma de aumentar las reservas solo con la perforación en tierra, se descubrió que también existía petróleo en el mar. Primero a baja profundidad, pero a medida que pasaba el tiempo, la demanda seguía presionando y era necesario cada vez más. Después de perforar a baja profundidad, se pasó a aguas ultraprofundas. Los costes seguían ascendiendo, pero las crisis del petróleo de los años setenta, habían disparado el precio y ya era rentable perforar en el mar, incluso en aguas muy profundas.
De nuevo, al cabo de un tiempo, se necesitaba más petróleo y cada vez costaba más encontrarlo, por lo que los depósitos de arenas asfálticas de Canadá empezaron a ser estudiados. Era petróleo extrapesado, pero funcional con refinerías adecuadas. Y la gran cantidad de petróleo en Canadá empujó a extraer también ese petróleo. Claro, los costes seguían ascendiendo, pero la tecnología iba mejorando, reduciéndolos.
Entramos en el siglo XXI y la demanda de petróleo no bajaba. Los primeros seguidores del peak oil (tras el anuncio de Hubbert en la década de los 50) se habían jubilado, pero resurgieron en 1998 con el trabajo de Colin Campbell y Jean Laherrere.
Hubo un boom entre 1998 y 2008 y se anunciaba la inminente llegada del peak oil.
Pero se seguía descubriendo mucho petróleo. El pre-sal brasileño, anunció otra gran remesa en aguas ultraprofundas y tras una capa salina de casi dos kilómetros de grosor. La extracción era ciertamente muy complicada y más cara, pero inundaron de reservas el mundo.
En la década de 2010, ya ni con aguas ultraprofundas, ni con presal, ni con depósitos HTHP (alta temperatura-alta presión) ni con arenas asfálticas o petróleo extrapesado, era suficiente. Y tras la explosión de los precios del petróleo en 2008, con precios por encima de 100$ el barril entre 2010-2014, se decidió extraer el petróleo de shale oil. Este era muy caro, porque eran pequeños yacimientos que se agotaban enseguida y necesitaban una inversión perpetua. Si se dejaba de perforar, el declive alcanzaba el 60-70% en un solo año, por lo que era imprescindible invertir continuamente. Además la infraestructura estaba por construir, por lo que solo precios por encima de 100$ era admisibles si se quería desarrollar este sistema.
Esta explicación no dice mucho, porque desde los años setenta hay un mantra que dice que queda petróleo para 40 años. Siempre lo mismo y lo cierto es que han pasado más de 50 años y siguen diciendo lo mismo.
¿Ha cambiado algo?
Pues si y el cambio es realmente notable.
La tasa de reposición de reservas indica la cantidad de petróleo que se descubre para reponer el petróleo consumido. Si la tasa es del 100%, se repone todo lo que se gasta, si es del 120%, las reservas aumentan y si es del 80% las reservas disminuyen lentamente.
En los años 50-60 las tasas de reposición estaban muy por encima del 100%. Grandes descubrimientos y un consumo relativamente bajo. En los 70, las tasas empezaron a bajar, pero eran muy altas todavía. En los 80 hubo un doble boom, Mar del Norte, Alaska y grandes revalorizaciones de reservas de la Opep. En los 90 las aguas ultraprofundas mantuvieron la escala, pero ya se bajó del 100%, aunque todavía en cifras muy altas. En la década de 2000-2010, el presal brasileño y el golfo de México dieron días de gloria, con tasas de reposición muy altas, aunque el promedio de la década ya bajaba del 100%.
El problema vino a partir de 2015. La tasa de reposición desde entonces ronda el 15-20%, con caídas hasta casi el 10% en los últimos años. El ritmo de consumo de reservas es brutal, porque la demanda sigue muy fuerte. Solo el shale oil ha permitido mantener el ritmo de producción, pero después de 15 años, también el agotamiento llama a la puerta.
Esta vez no hay milagros y el descenso de las reservas augura un desastre en los próximos diez años, aunque se empeñen en perforar todo lo perforable. Pueden producir más deprisa, pero también será a costa de agotar más rápido las menguantes reservas. La geología ha dictado su ley y esta vez si ha llegado el lobo.
¿Qué podemos hacer?
La transición energética.
Obtener la energía del sol y del viento es extraordinario, porque es una fuente inagotable. Pero como todo, tiene su talón de aquiles. La densidad de energía de los fósiles no se puede replicar con la energía fotovoltaica o la eólica. Por lo tanto hay que utilizar miles de parques eólicos y fotovoltaicos que consumen gran cantidad de materiales. Por poner un ejemplo, el cobre es a la electrificación como el petróleo al sistema fósil, por lo que pasamos del cuello de botella del petróleo al del cobre.
Al principio, los yacimientos de cobre tenían una alta concentración. Pero en el transcurso del siglo XX hemos ido acabando con esos depósitos y los que se extraen en la actualidad, tienen un grado de concentración mucho más bajo. La tendencia no se puede disimular y no solo la ley del mineral es más baja, como ocurría con el petróleo, necesitamos explorar pozos más profundos, con material más duro y menos concentración.
Los descubrimientos y la tasa de reposición han seguido el mismo camino que en el caso del petróleo y apenas se descubren grandes yacimientos. Al final, la propia IEA ha tenido que reconocer que habrá un déficit del 30% en 2035, si sigue la tendencia actual de oferta y demanda.
Como se puede ver, este agotamiento y esta dificultad en reponer el consumo de materiales, no es solo cosa del petróleo. Afecta a muchas materias primas, porque el tamaño de nuestra civilización y la necesidad de consumir grandes cantidades de todo tipo de materias primas, es superior a la capacidad de encontrar y reponer las reservas perdidas.
Esa parte de la economía clásica que regulaba el balance oferta demanda ha muerto cuando ha chocado con la geología.
El precio del cobre se ha multiplicado doce veces en las últimas décadas, pero la cantidad de cobre necesaria para reponer las reservas no ha aparecido.
El sistema financiero.
Hasta el final de los acuerdos de Bretton Woods en 1971-1972, el dinero contaba con el respaldo del oro. Esto hacía que no pudiera crecer a cualquier ritmo, porque dependía de la cantidad de oro disponible y de su precio. Este estaba fijado por el gobierno de los EE.UU., pero en la década de los sesenta, los déficit presupuestarios empezaban a presionar al dólar y Francia junto con otros países exigía la entrega de oro a cambio de sus dólares. La emisión de dinero para sufragar esos déficit hacia que el respaldo de oro resultara muy goloso ante la devaluación del dólar. El fin del respaldo era inevitable y tras la ruptura, comenzó la era del dinero fiduciario, es decir sin respaldo material.
Para hacer el dólar más fuerte, se crearon alianzas internas entre las monarquías del golfo Pérsico y EE.UU., por lo que a cambio de “protección”, el intercambio de petróleo solo se ejecutaría en dólares USA. De aquí el término petro-dólar.
Sin una cadena que ataba el crecimiento monetario, la deuda empezó a crecer con mucha fuerza, desligándose del crecimiento económico, dando lugar a dos curvas. Si hacia falta dinero, con solo imprimirlo ya se tenía disponible lo necesario para invertir, financiar y pagar todo lo que requiriera el sistema. La deuda vía préstamos era la otra parte que se combinaba sin problemas para expandir la masa monetaria hasta donde fuera preciso.
Hasta 2008, todo fue sobre ruedas, pero las hipotecas sub-prime, el precio del petróleo a 150$ y el final de una época terminaron por romper el sistema. La FED intervino los mercados y los monitorizó con ayuda del resto de BC occidentales, que desde entonces no han dejado de influir en el crecimiento económico y en la superación de todas las crisis, incluida la pandemia.
La deuda mundial ha cogido velocidad y su crecimiento excede de lejos el crecimiento económico mundial.
Este gráfico lo pone de manifiesto. Hasta los 70 ambas curvas se superponían , pero desde que comenzó el dinero sin respaldo, las curvas divergen. Y la discrepancia va en aumento como muestra este gráfico de previsiones. Ya no sabemos si el crecimiento es debido a la naturaleza intrínseca de la producción de bienes y servicios o gracias al servicio de la deuda.
El caso es que el tamaño de la deuda es demasiado grande. Ya solo se puede mantener con tipos cero o extremadamente bajos. Y si la inflación hace acto de presencia y obliga a subir los tipos, el sistema colapsa después de un tiempo.
Esto es precisamente lo que está ocurriendo ahora. La tendencia de los tipos de interés convergía a cero desde los años 80. En 2020 se tocó esa zona y desde entonces, la tendencia cambió y se volvió alcista. Pero tipos altos son incompatibles con la deuda actual, porque acarrean pagos de intereses muy elevados. Si los presupuestos de ingresos y gastos deben ser equilibrados, la partida de los pagos por intereses, desequilibra este balance e impide crecer al resto de partidas, hasta fagocitar casi por completo los ingresos presupuestarios, si los tipos siguen subiendo y la deuda también.
Estamos al borde de un colapso inducido por esta combinación. Pero si la deuda deja de crecer, ya no es posible mantener el estado del bienestar tal y como lo conocemos, y los políticos se arriesgan a perder las elecciones, por lo que optan por lo más sencillo, aumentar la deuda para financiar todos los gastos. Esto es un imposible y alguien tiene que ceder. Decrecimiento o colapso es la alternativa.
La complejidad y las cadenas de suministro.
Después de la II Guerra Mundial hubo que rehacer el mundo. El comercio empezó a crecer muy deprisa y pronto las necesidades de la población exigían mejores productos estuvieran donde estuvieran (es decir no solo productos locales).
Las cadenas de suministro se alargaron, el consumo de energía se disparó y la tecnología contribuyó a mejorar la calidad de todos los aparatos. Claro, este proceso también implicaba subidas de precios (tras la crisis del petróleo en los años 70, la inflación presionó con fuerza) y para eludir la presión sobre costes y mejorar los márgenes empresariales, la especialización era la solución. Japón y los tigres asiáticos empezaron a mecanizar profundamente la fabricación de todo tipo de piezas, componentes y acabados, instalando una serie de procesos para abaratar la fabricación (aparte de unos salarios más bajos).
Al comienzo del siglo XXI, China se incorporó a la fabricación a gran escala, contando con salarios muy bajos y energía abundante en forma de carbón.
Las fábricas iban ganando tamaño, porque era preciso abaratar costes y la escala empezó a pesar en la balanza de las decisiones de inversión. La introducción del ordenador, los móviles, internet, dió la vuelta a la tecnología existente, pero favoreció la concentración máxima. De cientos de empresas que fabricaban de todo, se pasó a decenas con los años y finalmente , la concentración fue tan grande que muchos sectores solo cuentan con unas pocas compañías capaces de producir determinada tecnología puntera. La complejidad es tan extraordinaria que necesita inversiones de miles de millones de dólares para avanzar en la fabricación de algunos componentes básicos. La competencia ha ido muriendo, incapaz de financiar semejantes colosos y la agrupación ha alcanzado cotas inimaginables hace unos años. Monstruos como TSMC o Nvidia son los únicos capaces de fabricar alta tecnología, por lo que el mundo entero depende de estas compañías y algunas más (pocas).
Pero la concentración es también signo de debilidad, porque cualquier pequeño problema puede obligar a paralizar la actividad de sectores enteros. La anexión de Taiwán por parte de China, no solo es un evento político, sino una catástrofe para el mundo de los semiconductores. Un problema de suministro de helio o GNL a Taiwán, paraliza el mundo. Nos hemos vuelto hiperdependientes de estos monstruos.
Si hay un colapso de las materias primas, también se hunden las cadenas de suministro al cabo de pocos meses, cuando los inventarios acumulados desaparecen. Las cadenas de suministro dependen de la ley de Liebig, donde dependemos del eslabón más débil. Por eso, el primer punto (agotamiento de los recursos) junto con el segundo (agotamiento del sistema fiduciario) están intimamente ligados con las cadenas de suministro. Todo afecta a todo y es increíble la rapidez con la que todo puede caer, si falla el eslabón más débil.
Geopolítica.
Poco a poco vamos dándonos cuenta de que todo está relacionado y que cualquier fallo en un parte afecta al conjunto.
Hasta ahora, los intercambios comerciales eran completamente libres. Había pequeños aranceles entre países, pero nada que impidiera el libre comercio.
Con Trump esto se ha acabado.
Hasta hace unos años, nadie tenía miedo a la interdependencia entre países. China se ha convertido en la fábrica del mundo y aparte de producir todo tipo de bienes y servicios es una gran potencia extractora de casi todos los materiales. También se ha vuelto el refinador del mundo, controlando 19 de las 20 principales materias primas críticas. Europa y EE.UU. han estado deslocalizando la producción, para reducir costes (monetarios y energéticos), con la evidente consecuencia de depender de China para su suministro.
De repente, EE.UU. se vuelve consciente y quiere repatriar la fabricación. Impone aranceles y pretende ayudar a relocalizar su producción en casa, presionando al resto de países con sanciones y aranceles, al tiempo que subvenciona la fabricación en su propio territorio.
Por otro lado, el agotamiento de ciertas materias primas exige la conquista (por las buenas o por las malas) de esos yacimientos indispensables para fabricar lo necesario. El petróleo, el cobre o el resto de materias primas fundamentales, se convierten en objeto de deseo. Como no siempre es posible acceder de buena voluntad, Trump y su administración han tirado por la calle de en medio. Si no se reconoce el derecho internacional, queda la ley del más fuerte. Y la intención de apropiarse de todos los recursos que necesiten, como por ejemplo el petróleo de Venezuela.
Así, todos los países del mundo son conscientes de que el agotamiento de recursos les empuja a una lucha desesperada. Tenemos varios ejemplos.
Francia ha sido despojada de sus posesiones en el África francesa, Rusia tiene una guerra con Ucrania (donde Europa es el más firme defensor hasta el punto de rearmarse a costa de beneficios sociales), EE.UU. intenta cambiar el régimen de Irán para controlar su petróleo como ya hizo con Irak y luego Venezuela. E incluso se avisa con tiempo, sobre la posibilidad de atacar Groenlandia si no se cede en las pretensiones USA. África es un hervidero de conflictos, con las futuras luchas por el agua entre Etiopía y Egipto. Se puede seguir, pero ya nos hacemos una idea.
Conclusión.
Todo está relacionado.
La era de la abundancia terminó y ahora toca la era de la escasez. Pero como es imposible que todo el mundo se conforme, antes de ello deberemos entrar en la era de las guerras por los recursos y la ruptura del orden mundial establecido.
Ahora ya se sabe por qué.
Todas las gráficas presentan el mismo aspecto. La civilización actual es un pulso energético, donde todo ha crecido con mucha fuerza. El crecimiento económico, acompañado de la disponibilidad amplia de recursos (energía, alimentos, materias primas, dinero) ha posibilitado un aumento exponencial de la población, que solo se puede mantener mientras exista abundancia de todo.
Si entramos en la era de la escasez, también este pulso poblacional se reconvertirá con el tiempo. Sin energía y alimentos suficientes, no se puede mantener el sistema, ni tampoco la población.
Estamos inmersos en ese proceso de giro. Pero mientras tanto, se pretende alargar hasta donde sea posible la extracción máxima de energía y materiales, utilizando todo lo disponible. Esta meseta por la que actualmente transitamos, está a punto de terminar. Y lo sabemos porque hasta ahora no habían comenzado las guerras por los recursos, que como bien sabemos, preceden al colapso por agotamiento.
Hay muchas dudas sobre si este colapso será lento o rápido. Pero viendo como se está intentando sobre-extender el sistema, deberían quedar pocas dudas sobre la forma de descenso. La meseta se prolongará hasta que la extracción de recursos desde el punto de vista geológico, colapse, momento en que el descenso es muy rápido, si se unen todos los sectores al mismo tiempo. El sistema energético y el financiero están muy ligados y la caída de uno (da igual cual sea el primero) arrastrará al resto, combinando los efectos de las retroalimentaciones positivas. Las cadenas de suministro saltarán por los aires (imposible mantener la complejidad) y las guerras serán el pan nuestro de cada día, porque siempre habrá gente que no se conforme con la miseria.
Da lo mismo si la meseta se acaba mañana o se toma otros cinco o diez años (aunque parece que se están precipitando los acontecimientos con las diferentes guerras en curso), en la historia quedará como evento en forma de pulso, antes de volver a la “normalidad”.
¿Es posible seguir creciendo contando con el ingenio o la tecnología?
Fusión nuclear, IA, computación cuántica, robótica, electrificación del sistema, parece que seguimos teniendo opciones. Pero resulta que todo necesita materias primas. Y aparte del reciclaje, poco podemos hacer.
Lo primero es la energía y si no hay fósiles, necesitamos electricidad y por lo tanto cobre. No nos sirve de mucho, pasar la dependencia de una materia a otra, porque todavía no se ha inventado la tecnología inmaterial. Los tecno-optimistas nunca ven problemas, porque siempre se puede extraer más materias primas a un grado más bajo, y si no, se sustituye por otro elemento (aluminio por cobre).
Pero, ¿qué hacemos cuando son muchos los elementos que son escasos, incluida el agua potable?
¿Qué hacemos con los límites planetarios?
¿Qué hacemos con un sistema financiero hiperendeudado?
¿Qué hacemos con la dependencia de un solo país como China?
No hay un solo problema, es el conjunto de problemas lo que nos lleva hasta el límite. Y esos problemas no han llegado a este punto por casualidad, sino porque hemos estirado la cuerda hasta que ya no se puede más.
Tratar de resolver los problemas de uno en uno, no es solución. Los sistemas complejos tienen ese inconveniente. Se vuelven complejos porque se van resolviendo problemas a medida que aparecen. Cuando se llega al final, es necesario resolverlos todos al mismo tiempo y el sistema colapsa cuando ello no es posible, como es la situación actual.






No es un post dirigido a los habituales del blog, es un artículo para aquellos que aún siguen preguntando por qué no se puede seguir creciendo otros doscientos años más.
También para los Zack del mundo, que creen que si hemos llegado hasta aquí, nada demuestra que no podamos avanzar un poco más. El resultado se verá con los años, porque la "fe" no entiende de argumentos. Estos son como Santo Tomás ...
Añadiría que hacemos con el resto de vida, el colapso de ecosistemas, cadenas tróficas, no solo los humanos van a tener problemas para mantener 8000 millones, nos llevaremos por delante a gran parte d ella vida más compleja... Quemaremos bosques, cazaremos todo loq quedé... En fin el colapso va a ser triste y duro para la vida en general